Hola a todos! Después de un parón importante, vuelvo a retomar el blog. La necesidad fisiológica de escribir nunca me ha abandonado, pero la he limitado al papel y boli durante este tiempo. Ya me pedía el cuerpo, desde hace días, escribiros. Por qué no a las 4 de la mañana de un día cualquiera, cuando el insomnio ya no es que aceche, es que descaradamente se mete en la cama? Pues eso, cualquier momento es grato, y además con quietud de fondo... Impagable. Durante estos días de confinamiento 24/7 en casa, saliendo lo justico o nada, con la nena en casa queriendo jugar contigo (y tú con ella, naturalmente), aplausos a las 8, planificación de los menús para que no falte de nada, aprovechando para hacer el cambio de armario, dejar la casa como una patena, muchas videollamadas con los tuyos, y un larguísimo etc que seguro os suena... Pues en medio de este día a día que me tomo con resiliencia y humor y sintiéndome bendecida, no he podido evitar preguntarme que es lo que más echo de menos...
En las ofertas de trabajo relacionadas con la gestión (de equipos, procesos, proyectos…), siempre me ha llamado la atención el requerimiento de “dirigir el trabajo de los miembros del equipo”, o “ser dirigido a resultados”, como virtud imperiosa para ser un buen jefe. A veces echo de menos frases como “se valorará “el uso de cencerros propios”, “la app con el sonido del látigo lacerante” (eso motiva a cualquiera), o “un léxico variado donde podamos encontrar desde echar culpas con clase al malalechismo más recalcitrante””. Y es que somos así, empeñados en encontrar “líderes” que sepan bien cómo pisar al de abajo, pero que se note poquito. Que marquen distancia, y se sepa quién manda. Que controlen de forma asfixiante. Tener una personalidad fuerte… y otras memeces del estilo. Con el tiempo, me he dado cuenta de que realmente puedes tener un equipo que vaya a las mil maravillas, con una sinergia positiva que casi se respire… que muy probablemente en tu empresa querrán ver en ti u...