Llegaste a mi, hija mia, sin buscarte. No te había llamado, no había cantado tu canción (La canción de los Himba) ni imaginado tu cara. No pude pensarte durante un tiempo, ni anhelarte. Llegaste rápido, con urgencia, abriendo camino en la vida. Me emociona ahora pensarte, quizás porque ya estás aquí, y no he tenido tiempo suficiente para darme cuenta. Quizás porque ya es tarde para volver atrás y darme más tiempo para pensar si realmente me necesitabas, o podías haber esperado un momentito, lo justo para saberme lo suficientemente buena y preparada como para ofrecértelo todo.
Porque mereces todo lo bueno que este mundo te pueda ofrecer, y una madre que esté aquí siempre para tí. Y un padre maravilloso (el mejor, ya te lo adelanto) que nos cuide y al que cuidar con toda nuestra alma, porque seremos, tú y yo, lo más importante para él.
Tengo muchas cosas que decirte. Mientras creces rápido dentro de mí pienso en todas las cosas que considero valiosas que sepas, que me gustaría que simplemente absorbieras para que fueras lo suficientemente fuerte desde tu existencia misma. Para que fueras fuerte frente al dolor, la amargura y lo que no es bonito de este mundo. Desearía que esa experiencia impresa en mis carnes de alguna forma pasara a tí, y te hiciera mejor de lo que soy. Sé que la experiencia no se traspasa, sino que se enseña pasito a pasito. Y espero estar ahí a tu lado desde el minuto uno en que te oiga llorar, para intentar conducirte con calma por las luces y sombras de este mundo al que te he traído.
Hace unos meses, me estaba planteando este momento, justo este. Pensaba que no tenía derecho a traer a una persona a este mundo que se va al garete, por el simple deseo de tenerte entre mis brazos. Que quizás el deseo personal no justificara traerte, crearte, y entregarte a la vida. Y en esta diatriba, hija mía, llegaste.
Quizás sea injusto pensar que arreglarás el mundo, pero creo firmemente que harás mejores a los que te conozcan.
Welcome, Candela!

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