Hola a todos!!
Retomo este blog con la misma ilusión de siempre, para hablaros hoy de algo mágico: la palabra "sí".
Hace ya unos años, decidí que no podía seguir viviendo tras la timidez, el miedo a cagarla, la necesidad (sentida y manifiesta) de caerle bien a todo el mundo, y la sensación de que personas que me rodeaban querían echarme un pulso continuamente, retarme continuamente, competir conmigo continuamente. Dije basta a todo aquello, y decidí dar un giro absoluto. Necesitaba dar un paso atrás y verlo todo en perspectiva.
Me di cuenta de que tenía todo a mi alcance. Podía hacer lo que quisiera. En mi mente, mi alma y mi cuerpo sólo estaba yo, y estaría hasta el último día de mi vida. Yo era esa entidad y ese todo. ¿No os ha pasado nunca que parece que hay una disociación entre la mente y el cuerpo, como si fueran cosas distintas? Yo tenía esa sensación. Me dije a mi misma que primero estaba yo, primero que la familia, que mi compañero de vida incluso. Para mí, yo era la prioridad. Si yo estaba bien, todo lo demás vendría rodado. Y si existe un dios o un campo electromagnético que lo gobierna todo, estoy segura de que habría dicho “ole tú, tía”.
De acuerdo, empecemos entonces a querernos.
Lo primero que hice fue una criba dura (fue muy dolorosa) de gente que me resultaba tóxica, no porque fuera mala gente (que no lo eran), sino porque me hacían sentir mal conmigo misma.
Esta máxima la llevo a rajatabla a día de hoy: Sólo me quiero rodear de gente que me hagan sentir bien y con la que esté a gusto. Mi gente cotidiana es extraordinaria: con pensamientos positivos, curiosidad, buenas palabras, mucho sentido del humor y franqueza. Y generosidad. A raudales. A borbotones. Qué felicidad y tranquilidad me aportan, y estoy segura de que no tienen ni idea de ello.
Por tanto, lo primero: Rodéate de gente con la que conectes. Gente que te aporte valor. (Hay gente buena por todas partes, creo que lo habré dicho mil veces en este blog. Encuentra, dentro de ellas, a las que te hagan sonreír cuando las evocas. Las que te hagan sentir bien).
La segunda parte sabía que me iba a costar más que nada, porque partía de una pauta mental que es de las más limitantes que hay: la timidez. El “yo no sé hacer eso”, el “yo nunca hago esto o eso”. O mi favorita: “Yo no soy capaz de hacer eso”. Lo que ocurre es que, para mi sorpresa, empezar a rodearme sólo de gente que confiaba en mí, hizo que mágicamente yo comenzara a confiar en mí también.
Con este empuje empecé a detectar todas las cosas que me provocaban, en mayor o menor grado, miedo o rechazo. Detecté las más importantes (naturalmente, todavía tengo), las que me estaban frenando, limitando, impidiendo avanzar. Obviamente no las voy a enumerar, pero como os digo tenían mucho que ver con esa idea irreal y limitada que tenía de mi misma. Aquello había que cambiarlo como fuera.
Y una idea buenísima que se me ocurrió fue empezar a decir que sí. Sí a todo lo que, en primera instancia dentro de mi cabeza, era un no rotundo.
¿Vamos a tal sitio de viaje?
Primera respuesta en mi cabeza: no, es mucha pasta, hace frío, hace calor, tengo mil cosas que hacer. Primera respuesta en voz alta: sí!
¿Te interesaría hacer una entrevista con nosotros, una mega empresa de blabla?
Primera respuesta en mi cabeza: no, no soy lo bastante buena, hay gente mejor, necesito formarme más. Primera respuesta en voz alta: sí!
¿Quieres que te presente a tal persona, que es muy influyente en el mundo de “lo que sea”?
Primera respuesta en mi cabeza: no, no soy lo bastante interesante, seguro que tiene mejores cosas que hacer que hablar conmigo. Primera respuesta en voz alta: sí!
Y esto fue un comienzo glorioso. De repente, empecé a vivir plenamente. De repente, me ocurrían cosas.
La frase puede sonar un poco fuerte, pero es así. De repente NO HABÍA BARRERAS. Y a lo que decía que sí, todo aquello que me producía un primer momento de rechazo, miedo... una vez lo hacía me daba cuenta de que no era para tanto. Que mi valor como persona era mucho mayor y mucho más fuerte de lo que pensaba. Que esa imagen de mi misma no era real.
Comenzar a decir Sí, con mayúsculas, fue comenzar a decirle que sí a la vida. A las oportunidades. A todo: Sí a viajar, a conocer gente, a aprender cosas que no tenían nada que ver con mis estudios previos pero que para mí eran importantes. Sí a cantar en un grupo rock. Sí a estudiar periodismo. Sí a aprender catalán, alemán, holandés. Sí a hacer amigos maravillosos, a cocinar cosas distintas. A escuchar música fuera de convencionalismos. Sí a escribir una novela, sí a compartir mis miedos y aventuras es un blog. Sí a tocar un instrumento nuevo. Sí a soñar. Me quedan por delante mil cosas que quiero hacer, y seguro haré. En cuanto me llegue la oportunidad de algo que me gustaría hacer, le diré que sí ciegamente.
Empieza hoy a decir Sí. Sí a montar tu propia empresa, a tomar un café con la persona que te gusta, a aprender algo nuevo. Ábrete a la posibilidad de lo nuevo. Ábrete al cambio.
Hasta pronto amig@s!
Retomo este blog con la misma ilusión de siempre, para hablaros hoy de algo mágico: la palabra "sí".
Hace ya unos años, decidí que no podía seguir viviendo tras la timidez, el miedo a cagarla, la necesidad (sentida y manifiesta) de caerle bien a todo el mundo, y la sensación de que personas que me rodeaban querían echarme un pulso continuamente, retarme continuamente, competir conmigo continuamente. Dije basta a todo aquello, y decidí dar un giro absoluto. Necesitaba dar un paso atrás y verlo todo en perspectiva.
Me di cuenta de que tenía todo a mi alcance. Podía hacer lo que quisiera. En mi mente, mi alma y mi cuerpo sólo estaba yo, y estaría hasta el último día de mi vida. Yo era esa entidad y ese todo. ¿No os ha pasado nunca que parece que hay una disociación entre la mente y el cuerpo, como si fueran cosas distintas? Yo tenía esa sensación. Me dije a mi misma que primero estaba yo, primero que la familia, que mi compañero de vida incluso. Para mí, yo era la prioridad. Si yo estaba bien, todo lo demás vendría rodado. Y si existe un dios o un campo electromagnético que lo gobierna todo, estoy segura de que habría dicho “ole tú, tía”.
De acuerdo, empecemos entonces a querernos.
Lo primero que hice fue una criba dura (fue muy dolorosa) de gente que me resultaba tóxica, no porque fuera mala gente (que no lo eran), sino porque me hacían sentir mal conmigo misma.
Esta máxima la llevo a rajatabla a día de hoy: Sólo me quiero rodear de gente que me hagan sentir bien y con la que esté a gusto. Mi gente cotidiana es extraordinaria: con pensamientos positivos, curiosidad, buenas palabras, mucho sentido del humor y franqueza. Y generosidad. A raudales. A borbotones. Qué felicidad y tranquilidad me aportan, y estoy segura de que no tienen ni idea de ello.
Por tanto, lo primero: Rodéate de gente con la que conectes. Gente que te aporte valor. (Hay gente buena por todas partes, creo que lo habré dicho mil veces en este blog. Encuentra, dentro de ellas, a las que te hagan sonreír cuando las evocas. Las que te hagan sentir bien).
La segunda parte sabía que me iba a costar más que nada, porque partía de una pauta mental que es de las más limitantes que hay: la timidez. El “yo no sé hacer eso”, el “yo nunca hago esto o eso”. O mi favorita: “Yo no soy capaz de hacer eso”. Lo que ocurre es que, para mi sorpresa, empezar a rodearme sólo de gente que confiaba en mí, hizo que mágicamente yo comenzara a confiar en mí también.
Con este empuje empecé a detectar todas las cosas que me provocaban, en mayor o menor grado, miedo o rechazo. Detecté las más importantes (naturalmente, todavía tengo), las que me estaban frenando, limitando, impidiendo avanzar. Obviamente no las voy a enumerar, pero como os digo tenían mucho que ver con esa idea irreal y limitada que tenía de mi misma. Aquello había que cambiarlo como fuera.
Y una idea buenísima que se me ocurrió fue empezar a decir que sí. Sí a todo lo que, en primera instancia dentro de mi cabeza, era un no rotundo.
¿Vamos a tal sitio de viaje?
Primera respuesta en mi cabeza: no, es mucha pasta, hace frío, hace calor, tengo mil cosas que hacer. Primera respuesta en voz alta: sí!
¿Te interesaría hacer una entrevista con nosotros, una mega empresa de blabla?
Primera respuesta en mi cabeza: no, no soy lo bastante buena, hay gente mejor, necesito formarme más. Primera respuesta en voz alta: sí!
¿Quieres que te presente a tal persona, que es muy influyente en el mundo de “lo que sea”?
Primera respuesta en mi cabeza: no, no soy lo bastante interesante, seguro que tiene mejores cosas que hacer que hablar conmigo. Primera respuesta en voz alta: sí!
Y esto fue un comienzo glorioso. De repente, empecé a vivir plenamente. De repente, me ocurrían cosas.
La frase puede sonar un poco fuerte, pero es así. De repente NO HABÍA BARRERAS. Y a lo que decía que sí, todo aquello que me producía un primer momento de rechazo, miedo... una vez lo hacía me daba cuenta de que no era para tanto. Que mi valor como persona era mucho mayor y mucho más fuerte de lo que pensaba. Que esa imagen de mi misma no era real.
Comenzar a decir Sí, con mayúsculas, fue comenzar a decirle que sí a la vida. A las oportunidades. A todo: Sí a viajar, a conocer gente, a aprender cosas que no tenían nada que ver con mis estudios previos pero que para mí eran importantes. Sí a cantar en un grupo rock. Sí a estudiar periodismo. Sí a aprender catalán, alemán, holandés. Sí a hacer amigos maravillosos, a cocinar cosas distintas. A escuchar música fuera de convencionalismos. Sí a escribir una novela, sí a compartir mis miedos y aventuras es un blog. Sí a tocar un instrumento nuevo. Sí a soñar. Me quedan por delante mil cosas que quiero hacer, y seguro haré. En cuanto me llegue la oportunidad de algo que me gustaría hacer, le diré que sí ciegamente.
Empieza hoy a decir Sí. Sí a montar tu propia empresa, a tomar un café con la persona que te gusta, a aprender algo nuevo. Ábrete a la posibilidad de lo nuevo. Ábrete al cambio.
Hasta pronto amig@s!
Comentarios
Publicar un comentario